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El niño perdido

Thomas Wolfe (1900-1938)

Grover observó con ojos serenos el angustioso entresijo de formas, la deteriorada amalgama de piedra y ladrillo, la mezcla de arquitecturas mal conjugadas que componía el diseño de la plaza, pero no se sintió perdido. Pues, "he aquí", pensó, "la plaza como siempre ha sido, la tienda de papá, el cuerpo de bomberos, el ayuntamiento, la fuente palpitando con su surtidor, la luz que viene y va y viene de nuevo, el viejo carro que pasa traqueteando, el jamelgo cadavérico, los tranvías que llegan y se detienen un cuarto de hora, la ferretería en la esquina, y junto a ella la biblioteca, con su torre y sus almenas a lo largo del tejado como si se tratara de un castillo antiguo, la hilera de viejos edificios de ladrillo en este lado de la calle, la gente que pasa y los que van y vienen, la luz que llega y cambia y que siempre vuelve y y vuelve, y todo lo que viene y va y cambia en plaza para que ésta siga siendo exactamente igual".

(El niño perdido, de Thomas Wolfe. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas. Editorial Periférica, 2011).

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