Ir al contenido principal

Lafcadio Hearn

Lafcadio Hearn (1850-1904)

Lafcadio Hearn , este raro y exquisito escritor conocido sobre todo por sus poéticos relatos de fantasmas japoneses, pasó unos años en Nueva Orleans ejerciendo de periodista. De esta época data su libro Chita: A Memory of Last Island (hay edición reciente en español con el título de Última isla). La historia está ambientada en una de las islas frente a la costa de Luisiana que se partió a consecuencia del devastador huracán de agosto de 1856. Hearn cuenta la historia de Chita, una niña que queda huérfana y es adoptada por un pescador de origen catalán de nombre Feliu Viosca.
En un momento determinado Hearn nos regala con este sorprendente fragmento de rutilante prosa: "En la costa de Luisiana hay regiones cuyo aspecto no parece del presente, sino de un pasado inmemorial; de esa época en la que largas y bajas extensiones de continente primigenio emergieron por primera vez para tomar forma por encima del mar silúrico. Para entregarnos a este sueño geológico, un día cualquiera, ardiente y sin brisa, simplemente necesitamos ignorar las protestas evolucionistas de unas cuantas asteres azules o de algunas flores heteróclitas del género Coryopsis, que porfían por desplegar sus raros destellos de color a través de la ondulación general de la caña silvestre y las hierbas anegadizas."

Comentarios

  1. Y cabe recordar el Romance de la Vía Láctea que leí hace ya mucho tiempo en Austral. Escribía muy bien.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. En Austral, por cierto, lo descubrí yo también.
    Saludos.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares

Un poema de Raine

    DE MUJER A AMANTE Soy fuego encalmado en agua, una ola que se eleva del abismo. En mis venas la marea atraída por la luna se alza en un árbol de flores esparcidas en espuma de mar.  Soy aire atrapado en una red, el pájaro profético que canta en un cielo reflejado. Soy un sueño antes de la nada, soy una corona de estrellas, soy la forma de morir.   (Kathleen Raine,  Collected Poems 1935-1980 , Allen & Unwin, 1981. Traducción: J.O.)  (Nota: Este blog, como viene siendo habitual en verano, se toma un descanso de aproximadamente un mes. Que pasen un buen y saludable verano.)  

Un milagro de san Salvador de Horta

"Dos casados vizcaínos traxeron desde aquel reino a Horta una hija, que era sorda y muda de nacimiento; y poniéndola a los pies del venerable Fray Salvador, les dixo que estuviesen ocho días en la Iglesia orando a Nuestra Señora, y que después hablaría la muchacha. Pasados quatro días habló, pero en lengua catalana, conformándose con el idioma del territorio en que estaba. Entonces viendo hablar a la muda gritaron todos: Milagro , milagro . Pero sus padres como no entendían aquella lengua estaban descontentos, y levantando la voz decían que ellos no querían, ni pedían, que hablase su hija lengua catalana, sino vizcaína; y fueron a Fray Salvador, que le quitase la lengua catalana y le diese la vizcaína. Él les respondió: Vosotros proseguid la oración de los ocho días, que yo también continuaré la mía . Y cumplidos los ocho días, delante de los muchos que concurrieron a ver la novedad, dixo: Amigo, la Virgen Santísima quiere que la niña hable catalán mientras esté en el reino de Cat

Como un río de corriente oscura y crecida

  Era un panorama extraño. En Barcelona, la habitual multitud nocturna paseaba Rambla abajo entre controles de policía regularmente repartidos, y la habitual bomba que explotaba en algún edificio inacabado (a causa de la huelga de los obreros de la construcción) parecía arrojar desde las calles laterales perqueñas riadas de gente nerviosa a la Rambla. Los carteristas, apaches, sospechosos vendedores ambulantes y relucientes mujeres que normalmente pueden verse en las callejuelas se infiltraban entre las buenas familias burguesas, las brigadas de obreros de rostro endurecido, las tropillas de estudiantes y jóvenes que deambulaban por la ciudad. La multitud se desparramaba lentamente por la Rambla, como un río de corriente oscura y crecida. Apareció un ejército de detectives, de bolsillos abultados, apostados en cada café, vagueando por la Rambla y enganchando, de un modo vengativamente suspicaz, a algunos transeúntes elegidos por alguna singular razón, hasta el punto de que incluso esta