Ir al contenido principal

Molokai

No recuerdo si fue en el cine Meridiana o en el Martinense, pero fue un jueves por la tarde, allá por 1960, en alguno de los cines del barrio del Clot de Barcelona. Los jueves por la tarde no había clase en el colegio, y yo iba a comer a casa de mis abuelos. Luego, por la tarde, a las cuatro, me iba con mi abuela al cine. En aquel tiempo de sesiones dobles la película "buena" solía ser en color y americana; la "mala", española y en blanco y negro. Molokai, la isla maldita, era española y en blanco y negro. Al principio salía un religioso con hábito blanco que llegaba en un barco a Molokai, una isla de Hawai donde las autoridades recluían a los leprosos. El padre Damián, que así se llamaba el misionero, iba allí a cuidarlos. Al final moría y daba mucha pena.
He vuelto a acordarme de esta película después de leer lo que Robert Louis Stevenson escribe a propósito de su visita a Molokai.
RLS arribó al embarcadero del poblado de Kalaupapa el 22 de mayo de 1889. Tan solo quince días antes el P. Damien de Veuster, belga de nacimiento y perteneciente a la Congregación de los Sagrados Corazones, había fallecido enfermo de lepra. Stevenson había oído hablar del lazareto durante su estancia en Ho'okena, y quiso ver con sus propios ojos cómo vivían aquellos pobres desgraciados a los que la sociedad había apartado.
"La repulsión de lo horrible es sin duda mi mayor debilidad", había dicho Stevenson. Y lo que vio le impresionó fuertemente. En Molokai Stevenson visitó la Casa Bishop para mujeres, regentada por monjas franciscanas y enseñó a las niñas pacientes a jugar al cróquet con el equipo que les había regalado. Igualmente visitó el hospital y otras instalaciones de la leprosería. En total estuvo en la isla una semana. Tiempo suficiente para observar y hacerse una idea de la abnegada labor llevada a cabo por el P. Damien.
A raiz de la muerte del misionero católico se escribieron en los periódicos de Oceanía grandes elogios, pero también acerbas críticas, sobre todo por parte de pastores protestantes. Uno de ellos, el presbiteriano Dr. Hyde -ironías del destino- había sido especialmente cruel con su persona. ASeguraba que el P. Damien había desatendido la misión e insinuaba que debido a sus vicios y relaciones impuras con mujeres había contraído la lepra. Indignado, Stevenson cogió la pluma y escribió "Una carta abierta al reverendo Dr. Hyde de Honolulu", fechada en Sydney el 25 de febrero de 1890, en la que rebate las maledicencias vertidas sobre la figura del P. Damien.
En otra carta, dirigida a su amigo Sidney Colvin, Stevenson escribe: " Mi opinión del viejo Damien, de cuyas debilidades y peores defectos lo he oído todo, no puede ser mejor. Como todo campesino europeo, era desaseado, fanático, embustero, insensato, marrullero, pero con una gran generosidad y restos de candor (...) Un hombre tan mugriento e insignificante como toda la humanidad, pero por eso mismo más santo y heroico."

Comentarios

  1. El gran Stevenson. Qué buena descripción hace del padrecito. Lo de Mr. Hyde es demasiado bueno para ser verdad pero seguramente lo será.
    Vi "Molokai" en su día, no hace tanto, con el mismo placer con el que se lee a Marcial Lafuente Estefanía y el mismo con el que volví a ver hace un par de días (y seguro que tú también) "Balarrasa". Sí, ahí, en esa cadena pecadora. Ayss...
    Muy buena entrada, as usual. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Lo que más me admira de Stevenson, a parte de la valentía que supone en aquellos tiempos ir a Molokai, es el respeto por las personas de toda condición, por los enfermos y por quienes les cuidan. Lo que de veras le importa a Stevenson es lo que hacen las personas y no sus credos o nacionalidades.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Molokai, la vi a los siete años una tarde de domingo en sesión doble en un cine de la calle Matanzas (también era club de ajedrez) Stevenson,simplemente de best.

    ResponderEliminar
  4. Al final, casi todo nos retrotrae a la infancia.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares

Escribir o no escribir

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi ineptitud para la escritura me descubría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han…

Número diabólico (y no es el 666)

He aquí el número diabólico: 142.857. Consiste en lo siguiente: multiplicado por 2 y por 3 las mismas cifras se producen en los dos productos. Veamos:

                                                            x 2 = 285.714
                                                            x 3 = 428.571

Multiplicado por 4, 5, 6 se obtendrán siempre las mismas cifras y siempre en el mismo orden. Sólo cambia la cifra de partida. Existe una excepción multiplicado por 7. Veamos:

                                        x 7 = 999.999 (seis veces la cifra nueve).

Este número diabólico multiplicado por 8, nos da siete cifras en lugar de seis. Total: 1.142.856, es decir que, sumando la primera y la última cifra de este producto, obtendremos aún las seis cifras del número diabólico. Continuando las multiplicaciones por 9, 10, 11, 12 y 13 y sumando la primera y la última cifra del producto, viene de nuevo a nuestros ojos el número diabólico. Llegado a 14 (dos veces siete) se obtiene: 1.999.998, es de…