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Jekyll y Hyde en el Pacífico


En concordancia con lo dicho por Franklin D. Roosvelt -"los libros en la guerra, lo sabemos, son armas"-, el Council for Books in Wartime de EE.UU. creó las Armed Services Editions, Inc., una organización sin ánimo de lucro promovida por editores, bibliotecarios y libreros americanos. Los libros de la ASE eran propiedad del Gobierno, se distribuían a través de la Special Services Division entre el personal militar y no se vendían a los civiles. Los volúmenes eran en rústica, de papel barato, texto a dos columnas y tamaño apaisado (11 x 16 cm) idóneo para ser guardado en el bolsillo de la guerrera. Entre 1943 y 1946 se publicaron 1.322 títulos de obras de todo tipo, clásicas y modernas, y se distribuyeron en total más de 120 millones de ejemplares.
El número 885 es The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde and Other Stories, de Robert Louis Stevenson. El ejemplar que tengo a la vista está bastante bien conservado, salvo por una mancha de humedad en la parte superior derecha. En el reverso de la cubierta lleva escrita a lápiz una inscripción: G. N., 2nd Marine Division.
Detengámonos un momento e imaginemos un escenario. Un muchacho, un marine, de nombre Gil Norton o Gabriel Narinsky, pongamos por caso, nacido en San Diego, California o quizás en Topeka, Kansas, viaja a bordo de un buque de guerra y ha elegido el libro de Stevenson para distraerse en sus ratos de ocio. Mientras, a su alrededor, en el llamado teatro de operaciones del Pacífico, se libra, isla por isla, una guerra cruenta y sin cuartel. Podemos pensar que G.N. ha salido con vida de la campaña de Guadalcanal o de la batalla de Tarawa, en las islas Gilbert, con la 2ª División de Marines, y ahora espera intranquilo el momento de volver a entrar en combate. Y lee a Stevenson.
¿Sabría este anónimo soldado que el autor de la novela que estaba leyendo también había surcando el mismo océano en el que se encontraba él? (A su paso por las Gilbert, RLS conoció a Tembinok, rey de Apemama, que solía vestirse de mujer, usaba gafas azules y era aficionado a la ginebra y a la poesía. Y una vez le dijo el rey: "Cuando mi tío partía hacia la guerra, marchaba riéndose.")
Ignoro qué fue del joven marine lector de Stevenson. ¿Caería en acto de servicio en las arenas sangrientas de algún atolón perdido? ¿Regresaría a casa y sobreviviría como empleado en una gasolinera de Ohio o Indiana tras haber dejado atrás los mejores años de su vida? No lo sé. Pero imagino que, en algún momento de la contienda, G. N. (¿por qué no George North, igual que el pseudónimo escogido por Stevenson para serializar La isla del tesoro) hubo de interrumpir la lectura del libro y prepararse para la lucha. Justo entonces tal vez fuera consciente de que había llegado el momento de dejar de ser un Dr. Jekyll para convertirse en un Mr. Hyde.

Comentarios

  1. Qué buena entrada. Impresionante. Chapeau.

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  2. Gracias, José Luis.
    Mi idea es dedicar una serie de entradas alrededor de Stevenson, en la línea de lo que hice con otro de mis escritores favoritos, Conrad.
    A ver cómo salen. De momento me has dado muchos ánimos.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Qué bien. Ordenando mi biblioteca (la del sur) encontré "Conradiana", que estaba missing.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  4. Maravilloso.
    ¿Era George Harte un lector empedernido o quería recuperar la sensación de los buenos tiempos cuando vió la película del 41 con Spencer Tracy?
    Una entrada fascinante.

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  5. Puestos a imaginar, muy bien podría haber sido un fan de Spencer Tracy, y ¿por qué no de Ingrid Bergman, co-protagonista de la película?
    Qué de posibilidades.
    Saludos y gracias.

    ResponderEliminar

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