Ir al contenido principal

Detectives y geología (I)

R. Austin Freeman (1862-1943)

Cuando en Estudio en escarlata (1887), de Arthur Conan Doyle, el Dr. Watson repasa las habilidades de su amigo Sherlock Holmes, al referirse a sus conocimientos en geología dice: "Prácticos, pero limitados". En consecuencia, de toda la serie de aventuras del famoso detective de Baker Street muy pocas contienen alusiones geológicas. Tampoco es de extrañar teniendo en cuenta que los métodos científicos de investigación se hallaban entonces poco desarrollados. Es a partir sobre todo de la labor del profesor de criminología austríaco Hans Gross (1847-1915), que empiezan a aplicarse las técnicas instrumentales de análisis a la resolución de casos criminales. Gross había dicho: "La suciedad en los zapatos a menudo nos dice más acerca de dónde ha estado últimamente el poseedor de los zapatos que fatigosas averiguaciones." Seguidor de esta premisa es otro famoso sabueso de ficción, el Dr. John Evelyn Thorndyke, el detective científico creado por R. Austin Freeman.
Al igual de Holmes, Thorndyke tiene un amigo y confidente, Jervis, pero a diferencia de aquel cuenta con la colaboración de un hábil técnico, Polton, que lleva siempre consigo un maletín con un pequeño equipo instrumental para ensayos in situ. El Dr. Thorndyke aprovecha sus profundos conocimientos en materia de geología y paleontología para resolver crímenes; y lo hace siguiendo el "principio de intercambio", enunciado por Edmond Locard (1877-1966), jefe del Laboratorio Técnico de la Policía de Lyon, de la siguiente manera: "Siempre que dos objetos entran en contacto se produce una transferencia de materia." Por ejemplo, en The Shadow of the Wolf (1925), las partículas de roca usadas por un gusano terebélido para construir su tubo son analizadas por Thorndyke, identificando en su composición granos de una roca llamada fonolita, lo que le permite inferir que el cadáver proviene del farallón de Wolf Rock, frente a la costa de Cornualles.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares

Políticos mejores y peores

P. ¿Queres decir que toda política es un juego sucio y que se la debería dejar en manos de los sinvergüenzas? ¿Te unes a la banda de los que dicen que el mundo sólo de salvará por un cambio del corazón? ¿Es eso?

R. No. Sólo digo que hoy los políticos dependen del apoyo de las masas, y que en consecuencia son representativos del hombre medio de su país y de su tiempo, a veces un poco mejores, a veces algo peores. Si fueran mucho mejores o mucho peores, no tendrían éxito, porque jamás serían aceptados por las masas (...) Esto significa que si estás muy por encima de la media en comprensión y sensibilidad, es probable que no seas capaz de hacer mucho políticamente, en el sentido estricto de la palabra, porque no tardarás en verte obligado a hacer cosas en las que realmente no crees, lo que significa que en la práctica fallarás, pues es imposible hacer bien algo si no se cree totalmente en lo que se está haciendo...

(W. H. Auden, El prolífico y el devorador. Traducción de Horacio Vázquez…

Escribir o no escribir

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi ineptitud para la escritura me descubría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han…

El Centauro

Maurice de Guérin, nacido en 1810 en el castillo albigense de Caylar, en Andillac, y muerto en el mismo lugar poco antes de cumplir los veintinueve años, es uno de los más exquisitos poetas románticos franceses. Su obra, póstuma, es tan breve como corta fue su vida. Jules de Goncourt dijo que entre los poetas modernos solo Maurice de Guérin hizo el hallazgo de una lengua para hablar de los tiempos antiguos. También fue elogiado, entre otros, por Sainte-Beuve, Remy de Gourmont, Rilke y Mauriac.
En julio de 1954 se publicó en Albi (Tarn), en la Imprimerie Coopérative du Sud-Ouest, un librito de 44 páginas, en octavo, con su poema en prosa más celebrado, "Le Centaure", en el que un viejo compañero de Quirón, llamado Macareo, expone al adivino Melampo sus pensamientos sobre el paso del tiempo y evoca con nostalgia su vigorosa juventud. El poema fue dado a conocer por George Sand en 1840 en la Revue des Deux Mondes. 
La edición incluye, además del texto original, la traducción …