Ir al contenido principal

Elefante blanco


El rey de Siam, como otros soberanos de la India Transgangética, ostenta, entre otros títulos, el de señor del Elefante Blanco.
Al elefante blanco se le venera con toda la magnificiencia asiática. Los personajes más importantes se ocupan de que nada le falte; sus arreos, constelados de perlas y otras pedrerías, brillan al sol en los actos solemnes, y jamás se le ve en público sin que vaya precedido por una banda escogida de música y escoltado por una guardia de honor. Luce en sus colmillos unos anillos con campanillas de oro. Una cadena de mallas del mismo metal, finamente tejida, cubre su cabeza, y sobre el lomo y encima de una gualdrapa ricamente bordada va un cojín de terciopelo. Marcha bajo espléndido y espacioso palio y le preceden unos servidores, portadores de parasoles. Alojado en lujoso aposento, se le sirve su cotidiano yantar en vajilla de oro.
Los elefantes blancos llevan todos el título de reyes, y como a tales se les tributan honores. Cada uno de ellos tiene un nombre o apodo, alusivo generalmente a su belleza, tamaño u otras características que le distinguen.

(El elefante en la ciencia, la mitología, la tradición y la historia. Discurso del académico numerario Excmo. Sr. Duque de Medinaceli. Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Madrid, 1941)

Comentarios

Entradas populares

Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).