Ir al contenido principal

Un poema de Levertov

Denise Levertov (1923-1997)


LOS TIBURONES

Pues bien, el último día aparecieron los tiburones.
Aletas negras aparecen, inocentes
a modo de advertencia. El mar se vuelve
siniestro, ¿están en todas partes?
Créeme, dejan en el agua una brecha de seis pies.
¿No es este el mismo mar, y ya no
jugaremos más en él?
Me gustaba limpio y no
demasiado tranquilo, con suficientes
olas para poder zambullirme. Por primera vez
me había atrevido a nadar en lo hondo.
Llegaron al atardecer, en el momento
en que un brillo cobrizo aquieta el mar,
aún no iluminado por la luna,
lo bastante claro para verlos fácilmente.
Negro el afilado borde de las aletas.

("The sharks", en D. Levertov: Collected Earlier Poems 1940-1960, 1979. Traducción: J.O.)

Comentarios

Entradas populares

Número diabólico (y no es el 666)

He aquí el número diabólico: 142.857. Consiste en lo siguiente: multiplicado por 2 y por 3 las mismas cifras se producen en los dos productos. Veamos:

                                                            x 2 = 285.714
                                                            x 3 = 428.571

Multiplicado por 4, 5, 6 se obtendrán siempre las mismas cifras y siempre en el mismo orden. Sólo cambia la cifra de partida. Existe una excepción multiplicado por 7. Veamos:

                                        x 7 = 999.999 (seis veces la cifra nueve).

Este número diabólico multiplicado por 8, nos da siete cifras en lugar de seis. Total: 1.142.856, es decir que, sumando la primera y la última cifra de este producto, obtendremos aún las seis cifras del número diabólico. Continuando las multiplicaciones por 9, 10, 11, 12 y 13 y sumando la primera y la última cifra del producto, viene de nuevo a nuestros ojos el número diabólico. Llegado a 14 (dos veces siete) se obtiene: 1.999.998, es de…

Escribir o no escribir

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi ineptitud para la escritura me descubría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han…