Ir al contenido principal

Dragones subterráneos

William Kirby (1759-1850)

Al naturalista inglés William Kirby se le considera uno de los fundadores de la entomología, especialidad en la que brilló de forma especial con títulos como su monografía sobre las abejas inglesas o Introduction to Entomology (1815-1826), clásica obra en cuatro tomos, escrita en colaboración con su colega William Spence. Kirby fue también muy conocido en su época como autor de The History, Habits and Instincts of Animals (1835), aparecida dentro de los llamados Tratados de Bridgewater, encaminados a resaltar "the Power Wisdom and Goodness of God".
En dicho libro el reverendo Kirby apunta lo posibilidad de que en el interior de la Tierra haya abismos subterráneos que comuniquen con los océanos y en los que vivan dragones. Kirby, que era un hombre muy religioso y creía a pie juntillas en lo que decía la Biblia, cita un fragmento del Apocalipsis en el que se asevera que los animales de la superficie terrestre son distintos a los que habitan en las profundidades. Y como posible prueba de la existencia de aquellos dragones subterráneos se remite Kirby a los restos fósiles de grandes reptiles, como el Megalosaurus, hallados entre los estratos mesozoicos de Oxfordshire.

Comentarios

  1. A un naturalista del siglo XVIII (o XIX) se le puede perdonar alguna afirmación que hoy sabemos que es absurda. Lo imperdonable es que haya gente que hoy en día diga cosas parecidas, incluso alguno también científico.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Gracias, Jorge, por regalarnos estas curiosidades de la historia de la ciencia.
    Parece que en el siglo XIX, antes del triunfo del positivismo, no eran pocos los científicos de imaginación desbordante, alimentada en algunos casos, como este, por el dogmatismo religioso.

    Curiosamente, recuerdo que el primer libro que compré de niño con mis pequeños ahorros fue uno que creo que se titulaba "El instinto de los insectos", un libro de entomología en el que las maravillas de ese mundo de pequeñas criaturas ponían de manifiesto, según el autor, la grandeza de su Creador, Dios.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  3. José Luis: totalmente de acuerdo con lo que dices.
    Bernardo: De estas menudencias curiosas también está hecha la historia de la ciencia.me alegro que sean de tu agrado.
    Saludos.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares

Número diabólico (y no es el 666)

He aquí el número diabólico: 142.857. Consiste en lo siguiente: multiplicado por 2 y por 3 las mismas cifras se producen en los dos productos. Veamos:

                                                            x 2 = 285.714
                                                            x 3 = 428.571

Multiplicado por 4, 5, 6 se obtendrán siempre las mismas cifras y siempre en el mismo orden. Sólo cambia la cifra de partida. Existe una excepción multiplicado por 7. Veamos:

                                        x 7 = 999.999 (seis veces la cifra nueve).

Este número diabólico multiplicado por 8, nos da siete cifras en lugar de seis. Total: 1.142.856, es decir que, sumando la primera y la última cifra de este producto, obtendremos aún las seis cifras del número diabólico. Continuando las multiplicaciones por 9, 10, 11, 12 y 13 y sumando la primera y la última cifra del producto, viene de nuevo a nuestros ojos el número diabólico. Llegado a 14 (dos veces siete) se obtiene: 1.999.998, es de…

Escribir o no escribir

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi ineptitud para la escritura me descubría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han…