Ir al contenido principal

Litófagos

Cubierta de la edición en castellano de Viaje a Nueva Caledonia (1982)
(Imagen cedida por Josep Mª Sans Serafini)

Jules Garnier (1839-1904) fue un ingeniero de minas francés, miembro de la Sociedad Geográfica de París, que en 1863 fue enviado a Nueva Caledonia. Allí descubrió un nuevo mineral de níquel, más tarde bautizado con el nombre de garnierita. En 1871, y como consecuencia de su estadía en la isla, publicó Viaje a Nueva Caledonia. En este libro cuenta una curiosa costumbre de algunos nativos:
"Los viajeros del último siglo han dicho que a los neocaledonianos les gustaba alimentarse de tierra y comían mucha; Balade es el primer punto en que he visto confirmadas estas afirmaciones que no he vuelto a observar más que en las gentes de Tiari, pequeña tribu de aquella vecindad. La tierra aludida por los referidos viajeros es un silicato magnesiano de color verdoso, cuyas capas están asociadas a los micasquistos y esteasquistos que componen la montaña de Balade."
A la luz de la constitución geológica de aquel archipiélago deduzco que la mencionada tierra comestible podría ser serpentinita, una roca metamórfica formada a partir de rocas ultrabásicas, (p. ej. peridotita). Como su nombre indica, está compuesta predominantemente de "serpentina", nombre genérico de una serie de silicatos de magnesio y hierro de tonos vedes por lo general.
Esta tierra, según asegura Garnier, carece completamente de sabor y se convierte al masticarla en un polvo dulce y tierno nada desagradable.
He visto y tocado muchas serpentinitas en la serranía de Ronda, pero nunca se me ocurrió comérmelas. A lo mejor me perdí algo bueno.

Comentarios

  1. Bueno, recuerdo un personaje femenino de "Cien años de soledad", no recuerdo ahora cuál, que comía tierra. Pero no creo que fuera serpentinita. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Lupo Ayllán y Sus Dementes10/5/10 9:40

    Igual recuerdo mal pero me parece que las Meninas retratadas por Velázquez se están zampando una merendola de galletas de tierra cocida. Pero no me haga caso ...por cierto, mi ansiolítico tiene hoy forma de guijarro.Bromistas....

    ResponderEliminar
  3. Me temo que si empezamos a hurgar saldrían más litófagos de los que parece.
    Por otro lado, todo se recicla. se dice que polvo somos y en polvo mos convertiremos. En el fondo comer tierra es una forma de canibalismo.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  4. A mí me impresionó lo que contaba Reinaldo Arenas en sus memorias, que comía tierra en los parques donde tenía sus encuentros sexuales.
    Por cierto, enhorabuena por su blog: tan diferente a los demás y tan interesante, siempre

    ResponderEliminar
  5. Gracias, César. No sabía lo de Arenas.

    ResponderEliminar
  6. Me ha recordado dos recortes, que antaño ví por casa y he localizado. En el Anfiteatro Anatómico Español de 1873, existen dos noticias curiosas al respecto. En el número de enero habla de la Geofagia. Copio: "En uno de los últimos números de Diario Americano de ciencias médicas, da el Dr.Galt curiosos detales de una enfermedad singular reinante en la América del Sud, y que se conoce con el nombre de geofagia: costumbre de comer tierra. Todo lo que se refiere a esta enfermedad parecería fabuloso si no estuviera atestiguado por pruebas irrecusables. Los niños empiezan a comer tierra a la edad de cuatro años y aun antes, y se mueren por lo regular al cabo de dos o tres. En otros casos pueden llegar a la pubertad. El Dr.Galt ha visto morirse, a consecuencia de una disentería, a un soldado que media hora antes de su muerte tenía todavía un pedazo de arcilla en la boca. Los sujetos que tienen a su servicio indios o mestizos les ponen caretas para impedirles sean arrastrados por su pasión, y las madres acallan a sus hijos poniéndoles en la boca un pedazo de tierra. Si la costumbre persiste, es su resultado inevitable la muerte en una época más o menos larga; en los niños parece ser la hidropesia el síntoma predominante de la enfermedad y la causa directa de la muerte". La otra noticia más breve, de Julio de 1875, trata exactamente del caso de las tierras comestibles de Lapland y Persia meridional, en términos similares a los que motivaron esta columna. Y da una composición de la tierra: "agua, alumina, óxido de hierro, alcalis y mucho ácido silícido". ¿De verdad eso puede ser comestible?. David M.V.

    ResponderEliminar
  7. No conocía estos curiosos ejemplos de geofagia, pero esto demuetra que la ingesta de tierra, al menos ocasionalmente, ha sido más común de lo que pensamos.
    En cuanto a si la tierra que menciona puede ser comestible, por la composición de la misma me da que más bien poco. O dicho de otra manera: hay que tener estómago para ello.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares

Luis Romero

Luis Romero (Barcelona, 1916-2009)  a principios de los años cincuenta.

A Luis Romero -de quien este año se cumple el centenario de su nacimiento- le sorprendió la. concesión del Premio Eugenio Nadal de 1951 durante su estancia en Argentina. La Noria era su primera novela (antes había publicado un libro de poemas, Cuerda tensa, y otro de viajes, Tabernas) y describe un día de Barcelona a través de treinta y seis personajes, sin contar otros secundarios o menos relevantes. Ya en su día, Eugenio de Nora destacó la influencia técnica de La colmena de Camilo José Cela y de la traducción al castellano (por José Salas Subirat) de Ulises, de James Joyce. Ambas novelas, que habían sido publicadas en Argentina, estaban muy en boga. Yo añadiría otra posible influencia cinematográfica: La ronde (1950), de Max Ophüls, basada en la obra de Arthur Schnitzler.
La novela de Romero (reeditada recientemente por la editorial Comanegra) combina el realismo objetivista y el monólogo interior. Los personaje…

Café Peñalba, Oviedo

A aquellas horas, el café estaba completamente lleno. Se veía a los camareros pasar presurosos entre las mesas, llevando en alto las bandejas, cargadas de misteriosas mezclas rojas, lechosas, verdes, doradas, en las que destacaba intensamente la mancha amarilla cromo de una corteza de límón o el carmín de una guinda, que el barman, como un moderno alquimista, preparaba en su alegre laboratorio de botellas. Todos eran pálidos, fofos, y parecían llevar con un poco de cortedad sus smokings deslucidos, con las mangas brillantes por el uso, y el lazo de la corbata torcido, lacio, como un pájaro negro de alas caídas. Aquel café era una institución en la vieja ciudad y aquella hora del anochecer una de las más difíciles del servicio. Los ingenieros, los magistrados, los catedráticos de la Universidad y las gentes enriquecidas con el carbón y el hierro se reunían allí a merendar, y había que servirles escrupulosamente, procurando no cortar sus conversaciones al preguntarles qué deseaban o al…

Felicitación

Este blog desea a todos sus lectores lo mejor para el 2017.