Ir al contenido principal

Macdonald Carey


Era uno de esos rostros de Hollywood que todo el mundo reconocía al verlo en la pantalla, pero no todos sabían su nombre. MacDonald Carey (1913-1994) empezó su carrera en 1942 cantando y actuando en teatros y en la radio. A raíz de su intervención en el musical de Broadway Lady in the Dark, de Kurt Weill, se trasladó a la meca del cine contratado por la Paramount. Entre sus más de cincuenta películas, se pueden citar La sombra de una duda (Alfred Hirtchcock, 1943), El gran Gatsby (Elliott Nugent, 1949), Orgullo de comanche (George Sherman, 1950), El capitán Jones (John Farrow, 1959) o Estos son los condenados (Joseph Losey, 1962).
En cierta ocasión se retrató a sí mismo con estas palabras: "Soy una especie de hombre corriente medio, el perfecto tipo de clase media". En los cincuenta inició su participación en la televisión, alcanzando a partir de 1965 enorme popularidad como protagonista de la serie "Days of Our Lives". Precisamente The Days of My Life se titula su autobiografía, publicada tres años antes de su muerte, donde entre otras cosas nos revela su lucha contra el alcoholismo.
A Carey siempre le gustó escribir poesía, pero no fue hasta principios de los ochenta cuando se decidió a publicarla. A Day in the Life (1982) fue su primer poemario; luego vendrían That Further Hill (1987) y Beyond That Further Hill (1989). Su poesía, como dijo el crítico William Packard, es clara, suavemente irónica, a menudo de carácter circunstancial o anecdótico, honesta.
MacDonald Carey estuvo en España, como mínimo, en dos ocasiones, ambas con motivo del rodaje de películas: Málaga, a las órdenes de Richard Sale en 1954 y en la producción de Samuel Bronston El capitán Jones, en 1959. En una de estas estancias fue obsequiado con un almuerzo en casa de un influyente banquero. La hija de Franco estaba entre los invitados. Después de comer subieron a los Ferraris y a los Daimlers y se fueron al Valle de los Caídos. La basílica había sido cerrada al público expresamente para ellos. Entonces un integrante de la comitiva se sentó al órgano y empezó a tocar jazz. Lo cuenta Carey en su poema "The Girl".

Comentarios

  1. He buscado por internet poemas suyos y no he encontrado ninguno (será cosa de buscar mejor), salvo uno muy breve y no muy lucido: "Like sand through the hourglass, so are the days of our lives". La escena del órgano parece sacada de la última novela de Manuel Vilas. Qué personaje.
    Un abrazo:
    JLP

    ResponderEliminar
  2. A modo de pequeña muestra voy a colgar un poema suyo en la próxima entrada.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares

Número diabólico (y no es el 666)

He aquí el número diabólico: 142.857. Consiste en lo siguiente: multiplicado por 2 y por 3 las mismas cifras se producen en los dos productos. Veamos:

                                                            x 2 = 285.714
                                                            x 3 = 428.571

Multiplicado por 4, 5, 6 se obtendrán siempre las mismas cifras y siempre en el mismo orden. Sólo cambia la cifra de partida. Existe una excepción multiplicado por 7. Veamos:

                                        x 7 = 999.999 (seis veces la cifra nueve).

Este número diabólico multiplicado por 8, nos da siete cifras en lugar de seis. Total: 1.142.856, es decir que, sumando la primera y la última cifra de este producto, obtendremos aún las seis cifras del número diabólico. Continuando las multiplicaciones por 9, 10, 11, 12 y 13 y sumando la primera y la última cifra del producto, viene de nuevo a nuestros ojos el número diabólico. Llegado a 14 (dos veces siete) se obtiene: 1.999.998, es de…

Escribir o no escribir

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi ineptitud para la escritura me descubría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han…