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Johnson

Se cumplen 300 años del nacimiento de Samuel Johnson, un escritor tan enorme que por sí solo da nombre a toda una época de la literatura inglesa. Para festejar el aniversario nada mejor que leer alguna de sus obras, o adentrarse en la excepcional Vida de Samuel Johnson, doctor en Leyes, de James Boswell. Por mi parte aprovecho la ocasión para reproducir -ahora con ilustración incluida- la entrada que publiqué en este blog el 2 de marzo de 2007:

"El otro vi, tuve en mis manos, una primera edición de Rasselas. Me incliné y la adoré."
Así empieza Hilaire Belloc -este lado menos conocido del entrañable monstruo Chesterbelloc- una memorable reseña, recogida en Short Talks with the Dead (1928), de la novela de Samuel Johnson. Historia de Rasselas, príncipe de Abisinia se publicó en 1759 -el mismo año del Candide, de Voltaire, con el que a veces ha sido comparada- y es no sólo uno de los mejores libros del Doctor, sino uno de los más deliciosos productos literarios del siglo XVIII, que es como decir de todos los tiempos.
Quiere la tradición que Samuel Johnson compusiera Rasselas porque necesitaba dinero para pagar el entierro de su madre. Johnson fue muy bien pagado por el encargo: 100 libras esterlinas, una suma considerable para la época. Le prometió al editor terminarla en cinco días; tardó siete, dedicándole únicamente las últimas horas del día.
Afirma Belloc en su artículo que, gracias a la generosidad de un amigo, tuvo también la oportunidad de consultar un ejemplar de Rasselas, correspondiente a la edición londinense de 1818, que había pertenecido a la que fuera gran amiga del escritor, Hester Lynch Piozzi (antes señora Thrale, neé Salisbury). Cuando ella conoció al Doctor era una joven veinteañera. Le sobrevivió diecisiete años. Mrs. Piozzi es autora de un jugoso libro, Anécdotas del difunto Samuel Johnson (1786), muy atacado en su día por James Boswell, más en razón de lo que él debía cosiderar intrusismo profesional que por su contenido. La señora Piozzi siempre defendió a su buen amigo, a pesar de que su casamiento, en segundas nupcias, con el músico italiano Gabriel Piozzi, al que se opusieron amigos y familiares, supuso la ruptura de su amistad.
Dice Belloc que todas las personas deberían leer Rasselas, y todas las personas sensatas leerlo media docena de veces en su vida. ¿Cuántas veces lo leería Mrs. Piozzi? No sabemos, pero seguro que varias. Su lectura, en los últimos años de su vida -murió en 1821, a los ochenta años-, ¿le recordaría con nostalgia los tiempos de su juventud y de amable conversación con el autor? Sin duda. El ejemplar de marras lleva anotaciones de su propio puño y letra. Belloc menciona algunas de ellas. En el capítulo XXVII, por ejemplo, al final del discurso de la princesa Nekayah, la señora Piozzi anotó al margen: "Algunos males están causados por la virtud, como otros por el vicio", a lo que Belloc no puede por menos que exclamar: "¡Sí, señora!". Y, más adelante, cuando Rasselas dice: "Los descontentos no dejarán de tener razón bajo la más justa y atenta administración de los asuntos públicos", Mrs. Piozzi anota: "Los hombres en el Poder no son dioses".
Ahora, gracias a una librería anticuaria y a internet, quien tiene en las manos un ejemplar de Rasselas, de la misma edición que manejó la señora Piozzi, soy yo. Con veneración y respeto, abro el volumen y, como antaño hiciera Belloc, me inclino y lo adoro. Es un hermoso libro, de aproximadamente 10x16 cm, en plena piel color verde, con gofrados, lomo cuajado y cortes dorados. Adornan el libro preciosos grabados a partir de dibujos de Richard Westall, R.A. El libro fue impreso por Charles Wittingham, de Chiswick, para el librero John Sharpe, de Piccadilly. Lleva este ejemplar dos ex-libris de antiguos poseedores: Edward Hutton y Ernest Abney Walker. También, escrito a lápiz en la página de respeto, figura el siguiente apunte: Bishop of Durham's copy. Ellos, como yo ahora, también debieron disfrutarlo.
Me demoro entre sus hojas de buen papel y letra menuda. Un sutil, refinado perfume se desprende de sus páginas. Por un momento me parece ver a la anciana señora Piozzi leyendo con sus impertinentes el libro. Finalmente llego a la página 184, la última, y leo la frase con la que concluye la novela: Of these wishes that they had formed they well knew that none could be obtained. They deliberated awhile what was to be done, and resolved, when the inundation should cease, to return to Abyssinia. Y, a continuación, en mayúsculas: THE END. Debajo de estas dos palabras Mrs. Piozzi había anotado en su ejemplar: "Un libro sin rival en Excelencia de Intención, en Elegancia de Dicción -en el minucioso conocimiento de la vida humana- y sublime Expresión de la Imaginería Oriental". De acuerdo, señora Piozzi.

Comentarios

  1. Siempre me ha intrigado pensar qué hubiese pasado si Johnson no hubiera arrojado al fuego sus notas autobiográficas. Podríamos compararlas con la semblanza de Boswell, y quizás... no sé.

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  2. Sí, da que pensar, amigo conde-duque. Presumo, sin embargo, que Boswell le hubiese ganado la partida como biógrafo. Creo que Johnson era demasiado pudoroso para contarnos sus intimidades (p. ej. su matrimonio con la viuda Porter o sus reiterados "bajones"). En cualquier caso, ¡qué no daría por leer sus memorias! (La semblanza de Boswell la imagino jugosísima).

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