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Cielo

El cielo era una pradera de durmientes corderos blancos. El día parecía hecho de petirrojos y pájaros azules, unas aves infinitas y graves, y de recientes bosques y campos encantados, nunca antes cruzados siquiera por un ala resplandeciente, una tarde colmada de la penetrante esencia y del menudo sonido de la sorpresa al acecho. Mis pies hicieron crujir ruidosamente la grava del sendero que conducía a la casa con un sonido que me parecía no haber oído nunca, aunque debiera resultarme familiar. Pero al fin y al cabo no tenía por qué resultarme familiar. Por primera vez oía mis pasos solitarios, sin la compañía de los de Padre o, a veces, de otros por este mismo sendero. O tal vez en cualquier otro sitio.
Y como si siempre hubiese sido este instante.

(Inicio de La muchacha mas solitaria del mundo (1951), de Kenneth Fearing. Traducción: Marta Eguía).

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