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Casiano de Prado

En diciembre de 1835 el ingeniero de minas Casiano de Prado y Vallo (1797-1866) fue nombrado inspector del distrito de Aragón y Cataluña, fijando su destino en Tarragona. Durante su estancia, que duraría casi cinco años, Prado colaboró en periódicos locales y revistas, dando rienda suelta a sus inquietudes literarias. Antes, había dado a la luz un opúsculo, Vindicación de la Geología, en el que hace un ferviente alegato de los estudios geológicos, exhibiendo una nada desdeñable vena retórica de corte clásico, con pasajes como: “Pero nada es más cierto: esas deliciosas campiñas, esos valles amenos y apacibles, en que tal vez Teócrito, Gesner, Garcilaso vagaban en dulce olvido entregados a todas las ilusiones de felicidad, allá algún día fueron teatro de devastación, de espanto y de ruina…” Prado había hecho sus pinitos en poesía mientras estudiaba en Madrid y frecuentaba tertulias literarias. Uno de sus artículos, publicado en el madrileño Observatorio Pintoresco, se titula “Baco en Tarragona”. La prosa no sobrepasa el nivel medio de la mayoría de autores de esta época, pero exhibe todas las características escenográficas propias del romanticismo de moda: ruinas, crepúsculos, apariciones…
Casiano de Prado fue uno de los geólogos españoles más relevantes del siglo XIX. Liberal de primera hora, en su juventud fue preso en Santiago de Compostela por la Inquisición. Allí, en los calabozos del Santo Oficio, Prado alivió sus amargas horas recitando en voz alta las odas de Quintana, las letrillas de Meléndez o las arias de Metastasio. Siempre se interesó por el lenguaje. La obra cumbre de Casiano Prado, Descripción física y geológica de la provincia de Madrid (1864), es un modelo de monografía geológica y de prosa científica. No es de extrañar que, años más tarde, Rafael Sánchez Ferlosio iniciara su novela El Jarama (1956) con la sobria y precisa descripción que hace Prado del curso de este río, muy acorde con el objetivismo practicado por el novelista.

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Un poema de Raine

    DE MUJER A AMANTE Soy fuego encalmado en agua, una ola que se eleva del abismo. En mis venas la marea atraída por la luna se alza en un árbol de flores esparcidas en espuma de mar.  Soy aire atrapado en una red, el pájaro profético que canta en un cielo reflejado. Soy un sueño antes de la nada, soy una corona de estrellas, soy la forma de morir.   (Kathleen Raine,  Collected Poems 1935-1980 , Allen & Unwin, 1981. Traducción: J.O.)  (Nota: Este blog, como viene siendo habitual en verano, se toma un descanso de aproximadamente un mes. Que pasen un buen y saludable verano.)  

Un milagro de san Salvador de Horta

"Dos casados vizcaínos traxeron desde aquel reino a Horta una hija, que era sorda y muda de nacimiento; y poniéndola a los pies del venerable Fray Salvador, les dixo que estuviesen ocho días en la Iglesia orando a Nuestra Señora, y que después hablaría la muchacha. Pasados quatro días habló, pero en lengua catalana, conformándose con el idioma del territorio en que estaba. Entonces viendo hablar a la muda gritaron todos: Milagro , milagro . Pero sus padres como no entendían aquella lengua estaban descontentos, y levantando la voz decían que ellos no querían, ni pedían, que hablase su hija lengua catalana, sino vizcaína; y fueron a Fray Salvador, que le quitase la lengua catalana y le diese la vizcaína. Él les respondió: Vosotros proseguid la oración de los ocho días, que yo también continuaré la mía . Y cumplidos los ocho días, delante de los muchos que concurrieron a ver la novedad, dixo: Amigo, la Virgen Santísima quiere que la niña hable catalán mientras esté en el reino de Cat

Como un río de corriente oscura y crecida

  Era un panorama extraño. En Barcelona, la habitual multitud nocturna paseaba Rambla abajo entre controles de policía regularmente repartidos, y la habitual bomba que explotaba en algún edificio inacabado (a causa de la huelga de los obreros de la construcción) parecía arrojar desde las calles laterales perqueñas riadas de gente nerviosa a la Rambla. Los carteristas, apaches, sospechosos vendedores ambulantes y relucientes mujeres que normalmente pueden verse en las callejuelas se infiltraban entre las buenas familias burguesas, las brigadas de obreros de rostro endurecido, las tropillas de estudiantes y jóvenes que deambulaban por la ciudad. La multitud se desparramaba lentamente por la Rambla, como un río de corriente oscura y crecida. Apareció un ejército de detectives, de bolsillos abultados, apostados en cada café, vagueando por la Rambla y enganchando, de un modo vengativamente suspicaz, a algunos transeúntes elegidos por alguna singular razón, hasta el punto de que incluso esta