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Vesubio

Los romanos sabían que el monte Vesubio había arrojado fuego en otro tiempo, pero cuando aconteció la erupción el 24 de agosto del año 79 nadie se acordaba de ello. Plinio el Joven, en carta dirigida al historiador Tácito, hizo un relato fidedigno de aquella catástrofe que sepultó Pompeya y Herculano y en la cual pereció, en aras de la curiosidad científica, su tío Plinio el Viejo.
En 1779 volvió a estallar el Vesubio. Ocurrió de noche, y un gran río de lava de 1.500 pies de anchura y 14 de altura recorrió tres millas y media hasta dar en el mar. Sir William Hamilton, enviado plenipotenciario británico ante la Corte de Nápoles, fletó una barca y se hizo llevar cerca del ígneo muro. “A 300 pasos a la redonda, dice, la lava hacía humear y hervir el agua, y hasta dos millas más allá, perecieron todos los peces.” William Hamilton (1730-1803) era un hombre ilustrado, anticuario, naturalista diletante y coleccionista empedernido. Fruto de su pasión por los volcanes es su libro Campi Phlegraei: Observations on the Volcanos of the Two Sicilies (1776), un libro seminal de la volcanología que contiene unas excepcionales ilustraciones en color de Pietro Fabris. Años más tarde, la segunda esposa de Hamilton, la bella Emma, tendría un sonado affair con el almirante Horatio Nelson durante la visita de éste a Nápoles. Susan Sontag narró las vicisitudes de los tres personajes en su afamada novela El amante del volcán (1995).
La sombra del Vesubio se percibe en varias obras narrativas. La más famosa, sin duda, es Los últimos días de Pomeya (1834), de Edward Bulwer Lytton, que recrea la erupción del 79. Pero también ha inspirado otras menos relevantes. Una de ellas es La montaña furiosa (1950), del escritor inglés Hammond Innes. Se trata de una novela de espionaje e intriga, en la que los protagonistas se ven atrapados por una erupción similar a la producida en 1944, de la que había sido testigo el autor. Uno los personajes de la novela es un turista americano, aficionado a la geología, que viaja a Nápoles exclusivamente para ver de cerca el Vesubio y en un momento determinado dice: “Ver Nápoles…y morir; creo que esto se le ocurrió a alguien durante una de las erupciones”.

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Cuando se apaga la luz

"Ningún hombre es listo cuando una mujer apaga la luz".

(Barry Sullivan en Mujer inteligente, 1948, de Edward A. Blatt. Guion de Alvah Bessie y otros).

Diálogo entre un tirano y un poeta en torno a la literatura

-Bueno, a ver, ¿qué haces?
-Perdona, Schiavón, estaba pensando en voz alta.
-No, si por mí, puedes seguir.
-Le daba vueltas a la retórica.
-¿...?
-Es que yo entiendo que la literatura -y creo que todo es literatura- se nutre de tres componentes que, por orden de importancia, son: la retórica, la sensibilidad y la inteligencia.
-Desmenuza, por favor.
-Entiendo por retórica el dominio del lenguaje; por sensibiliodad, la capacidad de sorprenderse y fabular; por inteligencia el saber ordenar lo escrito.
-Arnaldo..., me da la sensación de que todos los que habláis de literatura decís excactamente lo mismo.
-Siempre se dice lo mismo.
-Entonces, ¿por qué estamos perdiendo el tiempo?
-Tú no ganas ni pierdes el tiempo.
-Bueno, era una forma de expresarme.
-Exactamente..., como todo. La literatura es el catálogo de las formas de expresarse.
-Luego... ¿todas las obras dicen lo mismo?
-Se diferencian en el número de palabras que necesitan para decirlo y en el orden que se establece entre ellas.

Incierta Fritillaria

La historia de la Fritillaria en Gran Bretaña es igualmnente incierta. Es seguro que se cultivaba allí en 1597, y posiblemente hacia 1578 (en realidad los nombrs de esta planta no se fijaron tan pronto, y a veces no está claro de qué planta se habla). Por otro lado, el primer registro de la planta en el mundo natural data de 1736, y hasta eso es anómalo, nadie afirma haber vuelto a verla hasta 1776, una fecha muy tardía para una nativa británica auténtica, sobre todo para una tan llamativa, inconfundible y atractiva. En otras palabras, quien considere nativa la Fritillaria deberá reconocer que las distintas generaciones de botánicos de los siglos XVII y XVIII se pusieron de acuerdo para no mencionarla en absoluto, una confabuilación solo comparable a la de la NASA cuando simuló los aterrizajes de estadounidenses en la Luna, supuestamente en los días que les quedaban libres en la tarea de vigilar los artefactos alienígenas de Roswell.

(Ken Thompson, ¿De dónde son los camellos? Creencia…