Ir al contenido principal

Houghton

Cuenta Henry Miller en Los libros de mi vida que, estando en Francia, conoció a dos personas que le hablaron muy elogiosamente de un escritor inglés llamado Claude Houghton. Puede que a muchos lectores actuales el nombre de Houghton no les diga absolutamente nada. No es de extrañar si tenemos en cuenta que sus obras solo se encuentran hoy en día en las librerías de lance. Sin embargo, Houghton fue a finales de los años treinta un novelista apreciado por la crítica y favorecido por el público. En España sus obras llegaron en los años cuarenta y fueron un éxito. Un crítico de la época, Darío Fernández Flórez, poco dado al incienso, vio en él “la llama del mejor genio novelístico inglés”. Soy Jonathan Scrivener se titula una de las primera novelas que le dieron fama. A esta seguirían otras: Julian Grant pierde el camino, El caos ha vuelto, El espesor de un cabello
Hudson renace
-cuya traducción castellana, de Juan G. de Luaces, data de 1945- es una de sus mejores obras. Henry Miller dijo que parecía haber sido escrita especialmente para él, dada la correspondencia de algunos de sus pasajes con determinados episodios de la vida del autor de Trópico de Cáncer. En esta novela, el protagonista, Stephen Hudson, se restablece en un sanatorio londinense de un disparo recibido en extrañas circunstancias, en casa de una actriz amiga suya. Desde las fronteras de la muerte Hudson se reincorpora lentamente al dominio de los vivos, a la par que reconstruye mentalmente su vida –y el motivo del dramático suceso que casi acaba con ella-, a partir de sus recuerdos dispersos. La infancia será la etapa que se apoderará primero, y con más fuerza, de la precaria memoria de Hudson. En los años infantiles es donde el protagonista encontrará las causas de muchas de sus acciones posteriores. Como él mismo le confiesa a su amiga actriz en un momento dado de la novela: “Creo que hay personas que están siempre buscando la niñez, aunque no de se den cuenta de ello”. Tal vez fuera esta búsqueda la que persiguiera también Henry Miller. En cualquier caso, al final Hudson renace, pero Houghton todavía está a la espera.

Comentarios

  1. Me ha sido de gran utilidad su nota sobre Houghton, un autor olvidado, que fue lectura de Salvador Espriu. Encuentro tres novelas en su fichero, Soy Jonathan Scrivener, El espesor de un cabello y Hudson renace.Si Miller encontró semejanzas con su propia vida, a Espriu le sucedió algo muy, muy parecido. Todas las citas recogidas (el fichero se halla en internet, busc. Hudson renace, Espriu) compendian una etopeia del gran poeta catalán. El novelista me ha parecido extraordinario, me gustará leerlo para mi trabajo de investigación.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares

Número diabólico (y no es el 666)

He aquí el número diabólico: 142.857. Consiste en lo siguiente: multiplicado por 2 y por 3 las mismas cifras se producen en los dos productos. Veamos:

                                                            x 2 = 285.714
                                                            x 3 = 428.571

Multiplicado por 4, 5, 6 se obtendrán siempre las mismas cifras y siempre en el mismo orden. Sólo cambia la cifra de partida. Existe una excepción multiplicado por 7. Veamos:

                                        x 7 = 999.999 (seis veces la cifra nueve).

Este número diabólico multiplicado por 8, nos da siete cifras en lugar de seis. Total: 1.142.856, es decir que, sumando la primera y la última cifra de este producto, obtendremos aún las seis cifras del número diabólico. Continuando las multiplicaciones por 9, 10, 11, 12 y 13 y sumando la primera y la última cifra del producto, viene de nuevo a nuestros ojos el número diabólico. Llegado a 14 (dos veces siete) se obtiene: 1.999.998, es de…

Escribir o no escribir

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi ineptitud para la escritura me descubría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han…