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Nostalgia de los trópicos

“En mayo de 1936 llegué a Marsella, donde había de embarcar hacia la más lejana de las tierras, el desconocido y primitivo archipiélago de las Nuevas Hébridas. Iba allí con la extraña misión de dirimir contiendas catastrales entre súbditos franceses y británicos e imponer sanciones, que podían llegar a la máxima severidad, a los indígenas que hubieran delinquido”. De esta prometedora manera empieza el abogado barcelonés Manuel Bosch Barrett Tres años en las Nuevas Hébridas (1943), apasionante relato de su estancia, como presidente del Tribunal Mixto Internacional, en Port-Vila, capital del condominio anglo-francés de Nuevas Hébridas, actual Vanuatu. En el libro Bosch nos traslada a la dulce calma de los trópicos, sumergiéndonos en una atmósfera de agradable abandono e indiferencia; allí donde el tiempo se desliza cansino como un galápago y el mayor acontecimiento es la arribada de cualquier barco. Sólo los viajes vacacionales a otras islas del Pacífico logran romper la rutina del alto funcionario colonial.
Terminada su misión, en 1939 regresa Bosch a Barcelona. Tiene cuarenta y cinco años y se encuentra un país muy distinto al que había dejado. Decide probar fortuna como escritor. En 1942 publica su primera novela, La extraña vida de Pierre Queroul, subtitulada “una narración de los mares del Sur”; y dos años más tarde Xavier, o la isla de imán. En ambas se perciben distantes ecos del Pierre Benoît de Erromango, así como de los relatos polinesios de Peikea, princesa caníbal i altres contes oceànics, de su paisana Aurora Bertrana. Escribe una biografía de Doña Isabel Barreto, primera mujer almirante y adelantada de las islas Salomón; y en 1945 saca otra novela, Pensión de Ultramar, en la que aún persisten los perfumes tropicales de la copra y el tiaré. Tal vez desengañado de la escasa apreciación sus obras, Bosch deja de escribir ficción y se entrega de lleno a la traducción, llegando a ser uno de los más activos traductores de la época (sólo para el editor Janés tradujo en doce años no menos de 37 obras.)
Quién sabe lo que hubiera dado de sí Manuel Bosch Barrett de seguir escribiendo novelas. Suponemos que los escenarios sensuales y cosmopolitas de sus obras debieron de representar un lujo demasiado exótico en la España estrecha, gris y mezquina de la posguerra. Al final quien tal vez soñara con ser nuestro Somerset Maugham tuvo que conformarse con traducirle.

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Escribir o no escribir

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi ineptitud para la escritura me descubría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han…

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P. ¿Queres decir que toda política es un juego sucio y que se la debería dejar en manos de los sinvergüenzas? ¿Te unes a la banda de los que dicen que el mundo sólo de salvará por un cambio del corazón? ¿Es eso?

R. No. Sólo digo que hoy los políticos dependen del apoyo de las masas, y que en consecuencia son representativos del hombre medio de su país y de su tiempo, a veces un poco mejores, a veces algo peores. Si fueran mucho mejores o mucho peores, no tendrían éxito, porque jamás serían aceptados por las masas (...) Esto significa que si estás muy por encima de la media en comprensión y sensibilidad, es probable que no seas capaz de hacer mucho políticamente, en el sentido estricto de la palabra, porque no tardarás en verte obligado a hacer cosas en las que realmente no crees, lo que significa que en la práctica fallarás, pues es imposible hacer bien algo si no se cree totalmente en lo que se está haciendo...

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(Adam Surray, El caso del cadáver secuestrado. Editorial Bruguera, 1982).