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La lengua de monseñor Carrasco

El Ilmo y Rvdmo. Sr. Dr. D. Basilio Antonio Carrasco Hernando, dignísimo obispo de Ibiza y eximio orador sagrado de reaccionario espíritu, murió el 4 de abril de 1852. Tres días después se celebraron las solemnes exequias en presencia de autoridades y pueblo, dándosele sepultura en la santa iglesia catedral. Don Esteban Puget y Rabell, médico que efectuó el embalsamamiento del cadáver lo hizo también de su lengua, que extrajo de su boca, y debidamente preparada la colocó, bajo un cristal, en una cajita de caoba chapeada de jacarandá, haciendo entrega de la misma a D. Toribio Carrasco, sobrino y secretario del difunto obispo. Veintiocho años después, dicha lengua sería trasladada a Durón, patria del prelado, y enterrada en un nicho en el presbiterio de la iglesia parroquial.
Con motivo del sepelio de la lengua del Dr. Carrasco, el cura párroco de Budia, licenciado D. José María Ruiz Montejo, pronunció un sermón fúnebre el día 6 de octubre de 1880, en la iglesia de Durón. Este sermón fue publicado al año siguiente, en la madrileña imprenta de Gregorio Juste. Gracias a este impreso sabemos que el licenciado Ruiz Montejo se esmeró en el panegírico y que, entre otras cosas, dijo: “Venid, habitantes de Durón; llegad, parientes del finado, y si la tristeza que veo retratada en vuestros rostros y las lágrimas que surcan vuestras mejillas os impidiesen acercaros a ese catafalco que sustenta aquella lengua que tantas veces habló del reino de Dios y dispensó sus ministerios, recordad las palabras del Eclesiástico: Llora poco sobre el muerto porque está en reposo (22-11), y dejando su cuerpo sepultado en la paz santa que espera la resurrección general, su buena fama se perpetuará de generación en generación (5-14).”
Oyendo los discursos recientes de ciertos purpurados patrios, uno piensa si la lengua del Dr. Carrasco no habrá resucitado.

Comentarios

  1. Seguramente la sotana y el manteo dan un barniz distinto a la moral de quien los porta e impregnan de molesta legaña a quién contempla arrobado el milagro de la púrpura.

    Recomiendo la lectura de "La carretera" de Cormac MacCarthy, la mejor forma, desoladora en todo caso, de convencerse de la ausencia de Dios. Amén

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  2. Pues vaya, yo iba a decir precisamente todo lo contrario, que la lengua de Monseñor no era la lengua de Monseñor, como tampoco lo es la de los pálidos representantes actuales de la Iglesia, sino la mismísima lengua del Señor, que se manifiesta a través de los cuerpos mortales e insignificantes de estos individuos. Y claro, así ni resurrecciones hacen falta. Todo automático. Bien hallado, Jorge.

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