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Conradiana (VII): Perés

De entre los traductores de Joseph Conrad al castellano que trabajaron para la editorial barcelonesa Montaner y Simón en los años veinte y treinta –Ricardo Baeza, Rafael Marquina, Juan Guixé, Marco-Aurelio Galindo, Juan G. de Luaces, Julia Rodríguez Damilewsky, Cipriano Rivas Cherif, Mateos de Diego, Gonzalo Guasp, José Carranza Queirós…- destacaría a Ramón D. Perés, quien se encargó de algunas de las obras más importantes y representativas: Lord Jim (1927), Un tifón (1929) y Victoria (1930). (En algunas reediciones de estas obras en editoriales que años después adquirieron los derechos aparece a veces como Ramón de Peres o Ramón D. Peris, no sé si por error o por despistar).
Ramón Domingo Perés y Perés (n. 1863) escribió, en catalán y castellano, poesías de corte modernista; fue periodista, crítico, ensayista e historiador de la literatura. Introdujo en España, entre otros autores de habla inglesa, a Rudyard Kipling con su versión, autorizada por el autor, de The Jungle Book, que aquí se tituló El libro de las tierras vírgenes (1904). Es posible que sus versiones de Conrad no estén entre las más apegadas al texto, pero sí son, en mi opinión, algunas de las que mejor han sabido captar la complejidad y riqueza de matices de la prosa conradiana.
Perés viajó al Reino Unido en varias ocasiones, lo que desconozco es si llegó a conocer personalmente a Conrad. En 1892 comenzó en el diario La Vanguardia, de Barcelona, una serie de artículos sobre Inglaterra. Dichos artículos, junto con otros correspondientes a una estancia posterior, fueron publicados en forma de libro en 1895, con el título de Bocetos ingleses. No se trata de un libro de viajes convencional sino de una colección de esbozos y viñetas evocadoras de los usos y costumbres de los ingleses; y que, como dice el propio autor en el prólogo de la segunda edición (Unión Editorial Hispano-Americana, Buenos Aires-Barcelona, 1913), “me ayudan a reflejar el alma y el cuerpo de la nación inglesa”. Por sus páginas desfilan personajes característicos de Londres –conductores de hansom-cabs, sandwich-men, costermongers, bobbies…- y escenarios típicos, entre los que figuran los pubs, en aquellos días con dos entradas: “por una puerta entran los distinguidos, es decir, los que poseen un traje decente y saben respetarse un poco; por otra puerta entra la gran masa que flota entre los harapos y la ropa usada y grasienta, pero entera (…) Separación completa de clases, pero igualdad de vicios”.
No se le escapan a Perés algunos aspectos chocantes. Se asombra de la gente bañándose en Hyde Park (“en verano, y aún en invierno, se bañan por la mañana los hombres, provistos sólo de una mínima expresión de taparrabos, y algunos muchachos talludos sin taparrabos siquiera”); se escandaliza con las sufragistas -"mujeres-hombre"- que pretenden la igualdad de derechos; e intuye con estupefacción el lado oscuro de la vida londinense (“La sociedad inglesa es un vino fuerte con bastante espuma arriba, pero muchas más heces abajo. La espuma brilla más de lo acostumbrado; las heces son también más negras que en otras partes). ¿Un corazón de las tinieblas londinense? Perés, pacato y conservador, no se atreve a adentrarse en terrenos resbaladizos.

Comentarios

  1. Lástima, porque esa sociedad no sólo desapareció hace tiempo... sino que me parece que apenas ha dejado huellas. El Londres de hoy tiene muy poco que ver con el que conocí por primera vez en los setenta.
    No dejes de sorprendernos e ilustrarnos con tus conradianas.
    Saludos.

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