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Conradiana (I): Tifón

La mejor manera de empezar el sesquicentenario del nacimiento de Joseph Conrad es releyendo alguno de sus libros. Yo he elegido Tifón. Fue el primer libro que leí de él, a principios de los años sesenta. Desde entonces lo habré leído unas tres o cuatro veces, y me sigue gustando como el primer día. Todavía conservo el ejemplar. Se titula Un tifón, y lo publicó en 1958 Ediciones G.P., de Barcelona, dentro de la colección "Alcotán". Precio: 12 pesetas.
Durante bastante tiempo la primera frase del libro se me quedó grabada y me venía a la mente de vez en cuando como una suerte de ritornello: "Tenía MacWhirr, capitán del vapor "Nan-Shan", un semblante que, en la esfera de las apariencias materiales, era el fiel traslado de su espíritu: no presentaba marcadas y características señales de firmeza o de estupidez; no ofrecía caracteres distintivos de ninguna clase; era sencillamente vulgar, inexpresivo e imperturbable". Este modo de empezar una obra, describiendo los rasgos psicológicos más relevantes del protagonista, ya la había utilizado Conrad en su gran novela Lord Jim, publicada en 1900, tres años antes que Tifón, y es uno de los recursos técnicos que mejor dominaba Conrad.
Cuando apareció Typhoon fue muy celebrada por los críticos, si bien algunos le recriminaron que en el momento culminante del tifón la narración se suspendiera y se pasara directamente al capítulo 6, cuando el "Nan-Shan", llegado a su puerto de destino, se había librado "de las costas del Gran Más Allá, de las cuales no hay buque que regrese para devolver su tripulación al polvo de la tierra". Pero este es otro de su mejores trucos. Como dijo André Gide: "Admiro al autor cuando detiene su relato precisamente en la linde de lo espantoso y deja libertad a la imaginación del lector, después de haberse acercado a lo horrible hasta un punto que parece insuperable."
No goza hoy en día Tifón de la popularidad de otras de sus nouvelles, El corazón de las tinieblas; pero para mí sigue siendo mi preferida. La obra que me introdujo para siempre en el peculiar e irrepetible mundo conradiano.

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