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Críticas adversas

Hace años, cuando alguna de mis novelas recibía una crítica adversa, buscaba consuelo pensando en las críticas que en su día recibieron obras que hoy nos parecen maestras. Mi lenitivo favorito en estos casos era la lectura al azar de Rotten Reviews, de Bill Henderson. Allí uno podía encontrar un buen recetario de pésimas críticas a excelentes escritores. Verbigracia: La escasa imaginación de Balzac en cuanto a invención, creación de caracteres y argumentos, según Eugene Poitou. El vaticinio de James Lorimer de que Cumbres borrascosas nunca sería mayoritariamente leída. El escepticismo del Saturday Review respecto a la permanencia de la reputación de Dickens. Le Figaro sentenciando que Flaubert no era escritor. Clifton Fadiman reconociendo el talento notable, aunque menor, de William Faulkner...
Claro que yo sabía que esto era autoengañarse. Las comparaciones, incluso entre malas críticas, son odiosas. Siempre estaremos a la sombra de los gigantes. Pero no hay que alarmarse. Tampoco es mala cosa estar a la sombra; todo depende del acomodo que uno se busque. A la sombra no se está mal.

P.S. Si hay algo peor que la invectiva de un crítico a un escritor es la invectiva de un escritor a otro colega. Puro canibalismo. (Véase Escritores contra escritores, de Albert Angelo, recién aparecido).

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Escribir o no escribir

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi ineptitud para la escritura me descubría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han…

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P. ¿Queres decir que toda política es un juego sucio y que se la debería dejar en manos de los sinvergüenzas? ¿Te unes a la banda de los que dicen que el mundo sólo de salvará por un cambio del corazón? ¿Es eso?

R. No. Sólo digo que hoy los políticos dependen del apoyo de las masas, y que en consecuencia son representativos del hombre medio de su país y de su tiempo, a veces un poco mejores, a veces algo peores. Si fueran mucho mejores o mucho peores, no tendrían éxito, porque jamás serían aceptados por las masas (...) Esto significa que si estás muy por encima de la media en comprensión y sensibilidad, es probable que no seas capaz de hacer mucho políticamente, en el sentido estricto de la palabra, porque no tardarás en verte obligado a hacer cosas en las que realmente no crees, lo que significa que en la práctica fallarás, pues es imposible hacer bien algo si no se cree totalmente en lo que se está haciendo...

(W. H. Auden, El prolífico y el devorador. Traducción de Horacio Vázquez…

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(Adam Surray, El caso del cadáver secuestrado. Editorial Bruguera, 1982).